4 DE JUNIO · ANDANDO EN LA PALABRA

A medida que estudiamos las Escrituras, los velos se van quitando de la mente, la verdad adquirirá mayor preponderancia y las cadenas que en otro momento nos cautivaron se irán soltando completamente de nuestra vida. El Señor Jesucristo dijo: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

Si permitimos que la Palabra de Dios more en abundancia en nosotros, de los labios brotarán salmos, himnos y cánticos espirituales; no habrá lugar para expresiones de derrota, fracaso o queja, porque nuestras confesiones siempre serán de victoria. Esto nos elevará a una genuina dimensión de fe, lanzándonos a conquistar lo imposible en el Nombre de Jesús. Se dice de John Knox, quien fue un predicador en la época de la reforma en Escocia, que su voz infundía coraje en el corazón de sus oyentes y mucho más que diez mil trompetas sonando en sus oídos.

Si la Palabra de Dios no cambió la vida de alguien, es porque esa persona aún no la ha recibido como es debido. Jeremías dijo: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y alegría de mi corazón…” (Jeremías 15:16). La Palabra produjo gozo en el corazón del profeta, pero luego Dios le reveló el poder de ella: “¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” (Jeremías 23:29).

El proverbista escribió: “Si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios” (Proverbios 2:4-5). Debemos disponer nuestro corazón a la búsqueda de la verdad que está en la bendita Palabra de Dios, ya que no existe otro libro que nos presente de manera tan clara el camino correcto por el cual conducirnos en esta vida. Nos da seguridad y esperanza para conquistar la salvación eterna. Por eso, el proverbista dijo que, si el hombre busca la Palabra de Dios como busca los bienes materiales, esto lo conduciría a la verdadera sabiduría.

El Señor dijo al profeta: “Escríbete en un libro todas las palabras que te he hablado” (Jeremías 30:2). Al profeta Isaías le ordenó: “Ve, pues, ahora, y escribe esta visión en una tabla delante de ellos, y regístrala en un libro, para que quede hasta el día postrero, eternamente y para siempre” (Isaías 30:8). Aunque la Palabra que Dios dio a los profetas revelaba Su voluntad para esa época, no obstante, el Señor presentó el tiempo de la duración de la Palabra, extendiéndose hasta el tiempo postrero y siguiendo hasta la eternidad, para permanecer para siempre. Tal como lo enseñó el Señor Jesucristo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35).