MARZO 31 · AMOR POR LOS DISCÍPULOS

Dios nos bendijo al darnos el privilegio de ser adoptados como hijos Suyos. Jesús sabía que después de Su partida de este mundo Sus discípulos deberían enfrentarse ante la crisis de la paternidad. Mas Él, anticipándose a esta situación, les dijo: “No os dejaré huérfanos, vendré a vosotros”

En la persona del Espíritu Santo, de una manera similar, Dios no quiere que dejemos desamparados a los nuevos creyentes, sino que desea que nosotros mismos les brindemos un cuidado especial, a fin de que ellos puedan crecer con la bendición de la paternidad espiritual. No debemos dejarlos solos en la tarea de  hallar un sitio donde se sientan cómodos; debemos ser quienes los guíen a un lugar protegido. Pues sabemos que cuando las personas se encuentran sin dirección, se sienten como huérfanos. La clave en el trabajo de afirmar al nuevo creyente es poder restaurar la paternidad de Dios en su vida.

Cuando se adopta un hijo, éste adquiere los mismos derechos que el hijo legítimo. Ambos son partícipes de la misma herencia, de la misma familia, del mismo trato y de los mismos privilegios. Cuando vinimos a los pies del Señor, ¿cómo nos encontrábamos? La mayoría de nosotros estaba en una situación bastante lamentable, como si no tuviéramos ni padre ni madre. Nos hallábamos desamparados, desnutridos y desnudos espiritualmente. Dios pudo habernos tenido como a extraños, pero no lo hizo. Aunque no había para nosotros esperanza de redención, Él extendió Su misericordia y nos amó de pura gracia, A pesar de no ser Su pueblo original, nos hizo pueblo Suyo. Aunque no éramos Sus hijos legítimos, nos adoptó como tales y le plació darnos los mismos derechos y privilegios que al pueblo de Israel.