15 DE OCTUBRE · AMAR A LOS ENEMIGOS

Uno de los mayores dolores que enfrenta el ser humano es cuando alguien allegado hiere su corazón y su confianza; muchas veces esto despierta un deseo de venganza. El Señor Jesús, en el Sermón de la Montaña nos dijo que no tratemos de vengarnos de quien nos ha hecho daño, por el contrario, que podamos ayudarlo y servirle. Alguien que nos enseña a perdonar el dolor y la traición es José. “Espías sois; por ver lo descubierto del país habéis venido” (Génesis 42:9b).

Estas fueron las palabras que José, como el segundo hombre más importante de Egipto, pronunció sobre sus hermanos sin que ellos supieran quién era el que les estaba hablando. Y le respondieron: “No, señor nuestro, sino que tus siervos han venido a comprar alimentos. Todos nosotros somos hijos de un varón; somos hombres honrados; tus siervos nunca fueron espías” (Génesis 42:10-11).

Por muchos años José había anhelado ese momento. A su mente venían los recuerdos cuando estaba viviendo con ellos y él les compartía sus sueños, mas sus hermanos cerraron los oídos y no podían soportarlo; llegaron a pensar que era un pretencioso que quería imponerse sobre ellos. Sus hermanos nunca pudieron comprender que esto no era alguna ilusión juvenil, sino el destino de Dios para preservar la vida de los israelitas. José recordaba la manera maliciosa como sus hermanos trataron de matarle, pensando que así se estaban deshaciendo de aquel soñador. Y al morir él, morirían sus sueños. Sin embargo, por la intervención de uno de los mayores, acordaron venderlo como esclavo a unos amalecitas.

Ahora que los tenía frente a él, José no los miraba con odio ni rencor, ni con sed de venganza. Estaba maravillado de cómo Dios en Su soberanía había usado aquella adversidad para ubicarlo en Su propósito. Pensaba qué ilusos fueron sus hermanos porque, mientras pensaban que estaban destruyéndolo, lo habían empujado al propósito de Dios para su vida, y para hacer su sueño una gran realidad. Luego, al ver a su amado hermano Benjamín, José se conmovió, no pudo contener las lágrimas y tuvo que apartarse de aquel recinto para no ser descubierto. Luego de llorar profundamente por todo el dolor que había tenido que enfrentar se reunió con sus hermanos y les dijo toda la verdad. José podría haber albergado angustia, tristeza y venganza en su corazón, pero él entregó su causa a Dios y de esa manera pudo cumplir Su propósito.

Jesús hoy nos dice: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44).