31 DE AGOSTO · AGUA VIVA QUE SACIA LA SED

Debido a un conflicto político ocurrido hace muchos años, judíos y samaritanos no se dirigían la palabra. Jesús, a pesar de ello, decide dar el primer paso acercándose a una mujer samaritana para entablar un diálogo con ella. El Hijo de Dios nunca discriminó a ninguna persona, aunque Él era judío no pensó negativamente de aquella mujer como lo hubiese hecho cualquier otro hebreo; Jesús pudo ver en ella, no una persona ni un pueblo, sino un alma que estaba desamparada, sin rumbo en la vida y, Él mismo, favoreció las circunstancias para guiarla a una genuina salvación.

Con actitud humilde, a esta mujer menospreciada por otros judíos, el Señor le pide un favor. Semejante actitud la sorprendió. Pero dejemos a un lado los conflictos políticos entre ellos y observemos lo que Jesús veía en aquella mujer. Él le pide que mitigue Su sed. ¿Cómo alguien que se supone de bajo perfil puede saciar la sed del Señor? La sed de Jesús era la salvación de esta mujer y de su gente, lo cual en corto tiempo ella logró. (Juan 4:28-30). “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Juan 4:10). Jesús es el don de Dios, Él es la ofrenda que el Padre dio por la redención de la humanidad. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Conocer el don de Dios es entender que Jesús lo entregó completamente todo por nosotros, pero que este don sólo se recibe cuando nosotros nos entregamos de una manera plena a Dios y nos disponemos a servirle. A cambio Él nos da Su Espíritu Santo el cual fluirá dentro de nosotros como ríos de agua viva (Juan 7:37-39). Jesús le dijo a la mujer samaritana: “Ve, llama a tu marido, y ven acá” (Juan 4:16). El Señor siempre piensa en la familia, Su anhelo y propósito es que la bendición de la salvación sea extensiva a las personas más cercanas a nuestra casa. También declara una poderosa verdad: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).

Usted y yo tenemos el gran privilegio de relacionarnos con Dios en cualquier lugar en el que nos encontremos. Dios no está sujeto a un lugar, a una imagen o algún símbolo, Él es Espíritu y en cualquier lugar podemos hallarlo. Hemos sido llamados a creerle a Dios, desde la creación misma. Si en la intimidad de su corazón, usted ha estado pasando por altibajos en su fe, en esta hora le invito a alentarse en la confianza en Dios a través de la ministración del Espíritu Santo. Entregue su vida al Señor sin reparos y permita que Él le bendiga de maneras sorprendentes.