9 DE OCTUBRE · CUIDE SU MENTE

Un hombre salió al mercado un día con un montón de botellas. No se podía ver lo que había en ellas. Decía él que contenían cemento para remendar hogares quebrantados, corazones decepcionados, noviazgos rotos, hijos malcriados y toda calamidad. Por fin uno de los que estaban presentes pasó adelante y compró una de las botellas.

Todos los que se encontraban cerca le pidieron que les mostrara lo que contenía. Cuando abrió la botella, vieron que adentro había un papelito. Una vez que lo sacaron, ¡cuál no sería su asombro al ver que el papel tenía una sola palabra escrita en él: ¡amor!

El vendedor sabía que, si sus clientes ponían en práctica esa palabrita amor, con el sentido que Dios mismo le imprimió, podrían resolver todos los problemas morales que los acosaban. Sólo que había una pequeña contradicción. Aquel vendedor de amor era un fracaso en su propio hogar. Se había casado y divorciado dos veces, tenía hijos que ni siquiera querían reconocerlo como padre. El hombre era una vergüenza en la comunidad. De lo que vendía, él mismo no tenía nada.

¿Acaso podemos poner en práctica lo que no tenemos? Cuanto más nos alejamos de Dios, más nos alejamos de su amor, que es el único amor que perdura. En cambio, cuanto más nos acercamos a Él, más nos contagiamos de ese amor.

¿Cuál es, entonces, el sentido que Dios le imprimió a la palabra amor? Entrega, sacrificio. Lo hizo cuando su Hijo Jesucristo dijo: «Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos», (Juan 15.13), y luego lo llevó a la práctica al morir por nosotros. Ahora nos pide a nosotros que sigamos Su ejemplo también.

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