9 DE MAYO · EDIFICANDO LA MURALLA CELULAR

Una de las preguntas que por años le hice a mi esposo fue: ¿Por qué si Dios nos ha dado la gracia para ganar personas para Su reino, aun no tenemos un lugar propio para congregarlos? El habernos reunido en el coliseo en su momento fue emocionante, ver cómo en la primera reunión el cupo del auditorio, con capacidad para catorce mil personas, se rebasó, a tal punto que tuvimos que abrir el espacio para otra reunión. Con el paso del tiempo, nos sentíamos como viviendo en la casa del vecino, donde no podíamos hacer ninguna modificación, ni arreglo, y además cada semana teníamos que armar y desarmar para poder disfrutar de nuestras reuniones.

Después de estar por once años en aquel lugar, le dije a César que sentía que ya era tiempo de tener nuestras propias instalaciones. Dios se empezó a mover de una manera tan extraordinaria y en un seminario para los lideres, mi esposo dijo qué predios íbamos a conquistar, dio la instrucciones a los encargados de la administración de la iglesia, para que se hicieran cargo de las averiguaciones correspondientes para la compra del terreno. Para ese desafío se requería la fe del grano de mostaza, porque era remover toda una montaña, pero ya el Señor le había dado la promesa que lo acompañaría en este desafío: la revelación de la Sangre que brotó de la cabeza de Jesús por causa de la corona de espinas.

Gracias a esa promesa pudimos mover la mano de Dios y comprobar que Dios es fiel a Sus promesas.

Pastora Claudia de Castellanos

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