9 DE JUNIO · VERDADERAMENTE LIBRES

San Agustín un día paseaba por la playa mientras iba reflexionando sobre el misterio de la realidad de Dios. Trataba de comprender, con su mente analítica, cómo era posible que toda la aparente realidad física fuera una ilusión y que todo sea el mismo único Dios. Estando en esas cavilaciones encontró a un niñito que había excavado un pequeño hoyo en la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niñito corría hacia el mar y juntaba un poquito de agua en un caracol, después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez.

Aquello llamó la atención del hombre, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño sobre lo que hacía, a lo que el pequeño con alegría le respondió:

“Intento meter toda el agua del océano en este hoyo”.

“Pero eso es imposible” –replicó el santo– “¿cómo piensas meter toda el agua del océano, que es tan inmenso, en un hoyo tan pequeñito?”.

A lo que el niño respondió: “Más imposible es tratar de hacer lo que tú estás haciendo, que pretendes comprender con tu mente el misterio de Dios que es infinito”. Y en ese instante el niñito desapareció.

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