A los dieciocho años me sentí confrontado por mi profesor de filosofía. Un hombre escéptico que, en cada disertación, presionaba para que hiciéramos a un lado nuestra creencia en Dios y aceptáramos lo que él nos ofrecía: un camino de rebeldía.

No perdía oportunidad para atacar los dogmas sagrados del cristianismo como la deidad de Jesús, la virginidad de María, el ministerio de la Trinidad y la veracidad de las Escrituras. Para enfatizar su pensamiento, siempre tenía una Biblia en su mano. Aunque yo sabía que él estaba equivocado, no tenía argumentos para rebatirle.

En una ocasión dijo algo que el Espíritu Santo usó para motivarme a leer la Biblia: “No sólo he leído la Biblia, sino que la he estudiado”. Al escucharlo, me dije: “Si este ateo ha leído y estudiado la Biblia ¿por qué yo no?” Esa noche comencé a leer desde el libro de Génesis en adelante y Dios empezó a hablar a mi corazón. El Libro Sagrado se convirtió en un espejo para mi alma, pude verme por dentro y reconocer que necesitaba cambiar.

Meses después nació en mí un gran deseo por un encuentro cara a cara con Jesús. Aquella noche, en la sala de mi casa, dije al Señor: “Jesús, yo no te conozco, no sé quién eres, pero si en verdad existes y eres ese Dios Todopoderoso del cual habla la Biblia, aquí estoy, cámbiame, transfórmame, haz algo conmigo, lo que Tú quieras, pero que sea ¡ahora!” Fue mi oración y en quietud quedé esperando la respuesta.

Al momento, pensamientos de duda atacaron mi mente: “¡Piensas que Dios te va a escuchar! ¿Quién te crees para que Él te responda? ¡Eres un pecador!” Al sobreponerme a ese bombardeo, dije: “No importa lo que yo haya sido, si Él es real va a responder ahora”.

Luego de unos quince minutos algo sorprendente ocurrió. Una luz muy intensa que provenía de la calle traspasó la puerta de la casa y se quedó a mi lado. Me sentí como si estuviera frente a una gran fogata, no sé si fue lo que sintió Moisés cuando Dios se le reveló en la zarza que ardía. Tuve un temor reverente. Luego me sentí a solas con Dios dándole cuentas de todos mis hechos. Era como si cielo y tierra no existieran, y solo hubiera dos seres en el universo: Dios en Su magnificencia y yo en mi pequeñez. Por primera vez en mi vida me sentí un gran pecador y el ser más insignificante; hasta un insecto parecía más grande comparado conmigo ante los ojos de Dios.

“¡Señor no soy digno de Ti, apártate de mí, no te merezco pues soy un sucio pecador! ¡Perdóname!” Todo lo oculto en mi corazón salió a la luz, pues me veía tal como Él me veía. Me dispuse a contarle uno a uno mis pecados.

Y sucedió lo extraordinario: Una mano abierta penetró mi cabeza y empezó a descender hasta la planta de los pies como una caricia; a medida que lo hacía, la carga de mi pecado desaparecía, toneladas de peso caían de mi vida.

Luego tuve la sensación de alegría más hermosa que jamás imaginé. Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas y no aguanté ya el estar sentado, me puse de rodillas con los brazos en alto adorando al Señor con todas mis fuerzas. Esa noche le dije: “Señor, si esto es lo que Tú ofreces, aquí me tendrás todas las noches adorándote”. Cuando me levanté de mis rodillas, había nacido de nuevo.

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8 SEPTIEMBRE · DETERMINADOS AL CAMBIO

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