Cuando una persona sufre una herida física requiere, inmediatamente, un antiséptico para evitar cualquier infección. Así como sucede en lo natural, ocurre en lo espiritual. Del mismo modo como una herida física no tratada debidamente produce infección, una herida espiritual o emocional carente de sanidad divina conduce a infiltraciones en el alma como la amargura, el odio, la venganza, la depresión, la soledad, la tristeza y otras consecuencias más.

Una de las estrategias del enemigo es entrar de manera muy sutil en la vida de las personas y, silenciosamente, ganar terreno hasta tener completo control sobre ellas. Frecuentemente, las heridas que más perturban al ser humano son las causadas por quienes más confiesan amarlo; entre ellos, el cónyuge, los hijos, los padres o los hermanos. Satanás quiere robarnos la felicidad, asaltar la esperanza y despojarnos de toda ilusión. Así, reduce nuestras fuerzas y nos deja sin ánimo para enfrentar la presión de las emociones lastimadas.

En ese momento es cuando bajamos la guardia, aceptamos la derrota y comenzamos a creer que el fracaso es parte de nuestro vivir. Debemos entender que esto no es verdad. El propósito divino para nosotros es de completa paz, libre de todo tipo de opresión.

“Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él” (Lucas 10:33·34).

declaracion8agosto

verso8agosto

oremos16junio

8 AGOSTO · MOVIDOS POR LA COMPASIÓN

|

66 comentarios