8 DE SEPTIEMBRE · NACER DE DIOS

J.H. McConkey acostumbraba a contar la historia acerca de un anciano jefe indio, el cual vivía en territorios llenos de bosques del extremo norte del país. Este jefe había asistido a servicios celebrados en un pequeño poblado por un piadoso misionero, y había sentido el llamado de Dios en su corazón, pero nunca lo había aceptado. Un domingo, el Espíritu Santo se hizo presente de una manera muy especial, el misionero compartió acerca del gran sacrificio de Cristo por la tribu “Pieles Rojas”, así como para los blancos también, e hizo un llamado para que todos rindieran, sin reservas, sus vidas al Señor. Sintiendo fuertemente al Espíritu Santo sobre su vida, el anciano jefe indio se levantó y puso su hacha de combate a los pies del misionero diciendo: “Jefe da su tomahawk a Jesucristo”.

El misionero siguió hablando del gran amor del Padre que envió a Jesús desde Su hogar celestial, a vivir entre los hombres para curarlos y llevar sus dolores y penas. Nuevamente el jefe indio se levantó, se quitó la manta de las espaldas, la dobló delante del misionero y dijo: “Jefe da su manta a Jesucristo”.

Cuando el misionero continuó hablando de la manera en cómo el Padre había enviado Su don escogido del cielo para entregárselo a la humanidad que estaba en tinieblas, el anciano jefe salió del edificio, desató su caballo – la única posesión que le quedaba en la tierra – y, trayendo a la puerta del iglesia, declaro: “Jefe da su caballo al gran Padre Jesucristo”.

Pero el misionero no había terminado todavía, y esta vez mencionó los sufrimientos de Cristo en la Cruz, cómo Él cargó los pecados de toda la humanidad por eso nos pide que nos rindamos completamente a Él. Fue cuando el anciano jefe se acercó al altar, y con lágrimas rodando por sus curtidas mejillas, poniéndose de rodillas, dijo: “Ahora, jefe indio se da así mismo a Jesucristo”.

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