8 DE AGOSTO · DEPENDIENDO DE DIOS

“En el año 2003 estaba esperando a mi cuarto hijo, faltaban solamente algunas semanas para su nacimiento, pero los chequeos médicos mostraban una delicada condición en el corazón de mi bebé que me quitaban toda esperanza. Leí todo al respecto de los procedimientos necesarios, pero honestamente no sabía que esperar de su nacimiento. Incluso leí cosas como “¿Qué hacer si su hijo muere?”. Y me permití pensar en esta posibilidad cuando tenía tiempos de quietud. Ya había decidido como iba a ser su funeral, desde el ataúd hasta las flores. Durante esas semanas hice un tour por todas las unidades infantiles de cuidado intensivo. Fue un tiempo muy conmovedor y de mucha humildad; pude ver bebés determinados y luchando con todas sus fuerzas por su vida, al lado de padres muy valientes que nunca dejaron de creer.

El 4 de Febrero dejamos nuestro hogar con la esperanza de que sería nuestra ultima visita al hospital. Solo faltaban dos semanas para la fecha señalada y los médicos habían decido inducir el parto, para poder tener mayor control y poder responder frente a alguna complicación en mi estado. Lo único que realmente llevamos fueron las oraciones de todos los que nos habían rodeado con amor. Con mi esposo, llegamos por la noche al hospital y nos preparamos para pasar la noche allí, ansiosos por nuestro bebé, que nacería al día siguiente. Apagamos las luces y oramos juntos. No puedo recordar lo que dijimos, pero si recuerdo como nos abrazamos por mucho tiempo en medio del silencio, ambos estábamos muy tensos.

¡Tuve un pacto sobrenatural! De todos mis partos, sin dudas fue el mejor, de hecho podría decir que incluso lo disfruté y sentí mucha paz. Ya no tenía temor, porque sabía que Dios estaba conmigo. Los médicos tenían todo un arsenal de maquinaría médica preparada y apenas nació mi hijo, lo conectaron a una maquina que le ayudaba en su respiración y controlaba todos sus signos vitales.

Inmediatamente, lo pusieron junto a los otros bebés que estaban luchando por vivir. Recuerdo que lo miraba a través de la incubadora, esperando que alguien me diera la mala noticia. Ni siquiera quise vincularme mucho con él al principio, porque no sabía si podría tenerlo mucho tiempo a mi lado. Unas horas después lo movieron de la sala de cuidados intensivos, a la sala de observación, su condición había pasado de “critica” a “normal”.

Sí, Leví nació con un corazón que tiene una forma atípica, pero respiró sin problemas y fue diagnosticado como un niño sano. Los médicos nos despidieron diciéndonos que además de unos pequeños cuidados, no deberíamos preocuparnos por nada más. Así, salí de la clínica con mi pequeño milagro y muy agradecida con todo el equipo médico que me había atendido. Ese día conocimos a Dios como nuestro propio Hacedor de Milagros”.

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