“Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella” (Hebreos 11:4).

El temor a Dios es el resultado de la manera como nosotros nos comprometemos en obedecer Su Palabra. Antes de confiar a alguien una gran responsabilidad, el Señor prueba los corazones. La manera como nosotros ofrendamos, es la expresión de lo que estamos sacrificando de nuestras vidas para Dios.

Caín y Abel estaban en el mismo nivel espiritual, pues habían recibido exactamente la misma formación e influencia familiar y espiritual, mas cuando el Señor les pidió algo tan sencillo como la ofrenda (pues este es uno de los termómetros que el Señor usa para medir nuestro grado de compromiso con Él) Abel se alegró de poderle expresar a Dios su amor, su gratitud y su consagración a través de su ofrenda.

Y no fue el resultado de una improvisación, sino que él sabía que algún día tendría la oportunidad de ofrendar al Señor y, por tal motivo, se preparó con bastante anticipación. Dio lo mejor de lo mejor de su rebaño. Su ofrenda fue ofrecida en el altar del sacrificio, lo cual se constituyó en un prototipo del sacrificio de Cristo.

Abel logró impresionar a Dios con su ofrenda, pues expresaba el sentir del corazón de Dios, redimir a la humanidad a través del sacrificio de Su Hijo. Su ofrenda lo inmortalizó. (Hebreos 11:4).

Caín demostró que Dios no era importante para él por la ofrenda improvisada que le dio. Su ofrenda no fue excelente. No fue una ofrenda con sacrificio. Su ofrenda fue tan desagradable que Dios lo rechazó a él y a su ofrenda. Era una época de sequía, la gente estaba muriendo de hambre, el alimento escaseaba por toda la tierra, lo único que la gente anhelaba era tener algunos víveres para poder subsistir.

Una mujer viuda había guardado por algunos días lo único que le quedaba: una escasa porción de harina y un poco de aceite; lo suficiente para tan sólo una torta, que alcanzaría a compartir con su único hijo, y después se resignaría a esperar que la muerte viniera por ellos. El hambre la llevó al desespero y decidió tomar algo de leña para preparar su última comida. Cuando de pronto oye la voz de un extraño que le pide algo de comida. Esta mujer pudo haber renegado respondiendo: ¿cómo voy a dar lo único que me queda?, mas no fue así.

En un acto de generosidad decidió entregarle a este hombre el único sustento que le quedaba, al tomar la decisión, él le dice: “Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra” (1 Reyes 17:14). La ofrenda de esta mujer salvó su vida y la de su hijo.

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7 SEPTIEMBRE · LA RECOMPENSA DEL GENEROSO

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