Cuando Dios creó a Adán, le dio un ADN puro, sin contaminación, que ubicaba al hombre en un linaje superior a cualquier otra criatura del universo. Dios mismo dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26a). El código genético de Adán provenía directamente del Dios trino, Él lo elevó a Su mismo nivel de autoridad y llegó el hombre a ser superior a cualquier otra criatura, por sus venas corría la sangre del linaje real.

Sin embargo cuando Adán pecó, su código genético radicalmente fue alterado. Adán perdió su pureza, su santidad y todos los privilegios que tenía como hijo de Dios. Su pecado fue una forma de suicidio pues mató su naturaleza espiritual, y como todos venimos de Adán, la marca de la maldición nos tocó. Para salvarnos se requería de un milagro.

El Apóstol Pablo dijo: “Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante” (1 Corintios 15:45). Para que la redención se pudiera llevar a cabo, se requería que Jesús como hijo de Dios viniera para revertir la maldición de Adán.

Razón por la cual fue concebido, no por hombre, sino directamente por el Espíritu de Dios que hizo sombra sobre el vientre de la virgen María. Jesús vino como la única oportunidad de redención para aquellos que creyeran en Él.

Jesús tenía un nuevo código genético, por Sus venas corría sangre de linaje real; Él sabía que nacía para reinar, aunque también entendió que antes de que esto sucediera debería ofrendar Su vida por la redención del mundo. El primer Adán fue un hombre terrenal, el último Adán vino del cielo; el primer Adán nos dio la imagen del pecado; el último Adán nos trajo la gloria del Dios Celestial. El primer Adán jamás podrá entrar al cielo; el último Adán, por medio de Su propia sangre, entró al lugar santísimo en el reino celestial.

Recibir a Jesús en nuestro corazón como nuestro salvador, es recibir un nuevo código sanguíneo y esto será como la “visa” que nos permitirá entrar en el reino de los cielos. Recuerde lo que Jesús dijo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).

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