”Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a la que él os ha llamado” (Efesios 1:18).

El Apóstol Pablo pide que Dios traiga revelación de Su Espíritu a nuestros ojos para que podamos tener visión. Esta traza el camino para que podamos recorrerlo de tal manera que nos lleve a culminar con éxito aquello que Dios nos ha confiado. A través de la historia bíblica notamos que Dios, para llevar a cabo Su propósito, escoge a un hombre a quien le revela Su voluntad, le entrega Sus planes y luego lo rodea de personas que, al identificarse con él, deciden apoyarlo en todo cuanto emprende, convirtiéndose en la fuerza que empuja la visión.

Creo que no existe una sola persona que haya llegado al éxito sin haber tenido primero esa idea creativa de Dios y sin haber puesto todo su empeño para alcanzarla. Ejecutarla nos lleva a pequeñas victorias, enfrentando esas batallas a diario; esto nos conduce a vencer obstáculos, alcanzar metas, realizar sueños y a no descansar hasta obtener el triunfo anhelado.

Uno de los grandes milagros de sanidad que hizo Jesús, fue devolver la vista a Bartimeo. Este milagro es un prototipo de aquellos que no han podido ver las maravillas que hay en el mundo espiritual porque, aunque tienen ojos, han permanecido cerrados. Del mismo modo que Bartimeo tuvo que desafiar las circunstancias para obtener ese gran milagro, nosotros también debemos hacerlo para que nuestros ojos espirituales se abran y podamos ver las bendiciones que Dios nos tiene reservadas.

Me llamó mucho la atención una anécdota que años atrás le escuché a un predicador acerca de un hombre que quiso hacer un experimento con algunos ciegos. Llevó a cuatro y los puso delante de un elefante. Aunque ninguno sabía lo que tendrían al frente, cada uno debía describir la impresión percibida en lo que estaban palpando.

El primero de los cuatro tocó la pata del elefante y la describió como una columna; el otro tocó el vientre y dijo que era una pared; el otro y tocó la cola del elefante y dijo que era una escoba; el otro tocó el colmillo y dijo que era una daga. ¿Cuál es la moraleja de esta experiencia? Que nunca podremos tener una descripción correcta de las cosas si no tenemos visión. Salomón dijo que sin visión el pueblo perece.

Todos somos el resultado de la visión de Dios. De un modo diligente, Él pensó hasta el más mínimo detalle respecto del ser humano, luego se dio a la tarea de desarrollar Su visión y no descansó hasta ver culminada Su obra. A esto San Pablo hace referencia al decir: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

De antemano Dios vio el cuadro total; la creación, la relación del hombre con Él, su desobediencia, la separación a causa del pecado y el precio de la redención. Somos el resultado de lo que el Señor hizo por nosotros. Dios no nos salvó para que continuemos en la esclavitud del pecado, sino para que caminemos en Su voluntad revelada a través de Su Palabra. Quiere que nos convirtamos en canales de bendición para otros. Por causa de la redención ahora somos seres humanos dotados de cualidades y fuentes inagotables que están en nuestro espíritu.

Un ciego puede tener todas las instrucciones para ir de un lugar a otro, pero en el camino siempre hallará dificultades que solo podrán obviarse si se tiene la vista. De igual modo, aunque usted tenga muy en claro cada uno de los pasos que debe dar para cumplir el propósito divino, es necesario que sus ojos espirituales sean abiertos.

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7 JULIO · RECONOCER EL LLAMADO

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