Siempre recuerdo al hombre que llegó a mi oficina bañado en lágrimas diciéndome: “Pastor, por mi culpa mis dos hijos perecieron”. Aquel hombre tenía un hijo de cinco años y una hija de tres, ambos cruzaron una avenida en un descuido y un vehículo los atropelló causándoles una muerte instantánea. Ese episodio había sucedido hacía tres años, pero él lloraba como si hubiese sido en ese momento.

Deseaba retroceder el tiempo para cuidar mejor de sus hijos, anhelaba con todas sus fuerzas una segunda oportunidad. Entendí que ese era un ejemplo del verdadero arrepentimiento. Cuando volvemos el corazón a Dios, es el principio de nuestra relación con Él. El salmista dijo: “Buscad a Jehová y su poder; buscad siempre su rostro” (Salmos 105:4).

Esto debe motivarnos a anhelar el ser llenos del Espíritu Santo de una manera permanente, pues en Él está el poder. Si tenemos el Espíritu de Dios hay un equilibrio en todas las áreas de nuestra vida.

El Espíritu de Dios quiere fluir poderosamente a través de un cuerpo que no presente ningún tipo de objeción. No debemos aceptar nada que esté fuera de orden, porque somos los representantes de Dios en esta tierra. Como el mundo no puede percibir a Dios, trata de verlo a través de nosotros. Nuestros cuerpos dicen mucho a las personas del mundo.

El Señor enseñó que debemos dedicar seis días de la semana al trabajo y uno al descanso. Si Dios necesitó descansar, cuánto más nosotros. No pensemos que por correr más rápido llegaremos más lejos. Si guardamos los principios establecidos por Dios, podremos tener una vida equilibrada.

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6 OCTUBRE · LLEVAR UNA VIDA EQUILIBRADA

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