Por veinticinco años como iglesia nos fue muy difícil adquirir instalaciones adecuadas para nuestras necesidades. Llevábamos once años reuniéndonos en un auditorio de la ciudad que tenía capacidad para catorce mil personas, y la oportunidad de adquirir tierra era cada vez más distante. Un día mientras estaba dando un seminario para nuestro liderazgo, en un acto de fe, comencé a declarar lo que anhelábamos conquistar, aunque no teníamos dinero ahorrado, nos lanzamos en fe a adquirir tierra.

Cuando llegó el momento de hacer un pago de 2.5 millones de dólares no contábamos con el dinero para efectuarlo y busqué al Señor en oración. Al estar orando me trasladé hasta el lugar que habíamos separado y por el cual estábamos negociando, y tuve una visión. Vi al Señor Jesús en el centro del lugar con la corona de espinas sobre Su cabeza, la sangre corría por Su rostro y tres gotas cayeron a la tierra. Oí una voz que hablaba con mucha autoridad, era la voz del Padre Celestial dirigiéndose a Su hijo Jesús, de la misma manera que le había hablado a Adán cuando éste pecó.

En esta ocasión le decía: “Por cuanto has hecho esto, (refiriéndose a la manera como Jesús había ofrendado Su propia vida por nuestra redención, y porque Su sangre siempre se mantuvo pura, santa y sin ninguna contaminación) bendita será la tierra por Tu causa. Inmediatamente empecé a repetir las mismas palabras: Jesús por cuanto esto hiciste, bendita será la tierra por Tu causa”; la segunda vez que repetí esta declaración sentí que la atmósfera del lugar se llenó de gloria.

La tercera vez que lo declaré sentí que la maldición que estaba arraigada en la tierra era quitada. Al levantarme de la oración tenía la sustancia de la fe para conquistar el terreno. A partir de ese momento las personas de la iglesia fueron motivadas a ofrendar de una manera como nunca antes lo habían hecho, y en menos de veinte días obtuvimos la victoria.

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6 MAYO · EL DIOS PROVEEDOR (JEHOVÁ JIREH)

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