“Respondiendo el centurión dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado será sanado” (Mateo 8:8).

La angustia se había apoderado de toda la familia, la mujer de la casa mira a su esposo y le dice: “Cariño, hagamos algo antes de que nuestro criado muera”. El hombre, un militar de mucha influencia se sintió tan imposibilitado de hacer algo, que lo único que se le ocurrió fue enviar un mensaje a alguno de sus amigos judíos, para ver si conocían a algún médico que los pudiera ayudar en esta situación tan grave.

Pocos minutos más tarde, varios de ellos se hicieron presentes en la casa; pero a ver la situación del criado, sus rostros de desconfianza lo decían todo, no había esperanzas. De pronto uno de ellos levanta la voz y dice: “Tengo la solución”. “¿Cuál?”, preguntó el aguerrido militar. Un profundo silencio se hizo en todo el recinto y el hombre dice: “Jesús”. Otro contesta: “No, eso es imposible; escuché que Jesús le dijo a una mujer que Él sólo fue enviado a las ovejas de Israel y ninguno de ellos es judío, creo que no los podrá ayudar.

Un momento dijo alguien: “Deberíamos ir nosotros como judíos e interceder por él ante Jesús”. El centurión con lágrimas en los ojos expresó: “Oh, ustedes no saben cuánto se los agradeceré pues este joven es nuestra alegría, sin él la vida no tendría sentido.

Aquellos hombres apresuradamente buscaron a Jesús y llegando a Él interceden por su amigo. Todos estaban preparados para escuchar una respuesta negativa de los labios de Jesús, uno de ellos le dijo: “Jesús, aunque él no es judío, él nos ama y ha sido muy bondadoso con nuestra nación, hasta nos construyó una sinagoga.

“Sí, claro que iré, sólo denme unos minutos y estaré con ustedes. Familiares y amigos del centurión se habían reunido alrededor de la casa; de pronto les llega la noticia que Jesús se dirige hacía allí. Uno de los vecinos, emocionado le dijo: “No se preocupe, ya están en camino”. El resto de las personas comentaban: “Por fin lo vamos a conocer…”, otros decían: “¿Qué será estar cerca de Él…”. De pronto el militar se levanta y les dice: “Espérenme aquí que ya regreso”. –¿Pero cómo se va a ir si Jesús no demora en llegar?”.

Luego de abrirse paso entre la gente, por fin pudo llegar cerca de donde se encontraba Jesús, y mandó a uno de sus siervos con una razón para Él: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado será sanado”.

Quien estaba a su lado preguntó: “¿Por qué le envías esa clase de mensaje a Jesús?”. “Debes darte cuenta que todo el poder de Jesús está en Su palabra, si Él da la orden el milagro ocurrirá”. Por otro lado, los amigos del militar preocupados pensaron que lo que le mandó a decir al Maestro era como un desplante, pero en ese instante Jesús los interrumpe diciendo: “De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe” (Mateo 8:10). Dio la orden y en ese mismo instante el muchacho recibió la sanidad.

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6 SEPTIEMBRE · LA FE PERMITE EVIDENCIAR EL MILAGRO

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