5 DE MARZO · EL MÁS GRANDE AMOR

Hace algún tiempo, la residencia de una viuda muy rica se incendió. Mientras los bomberos trataban de controlar las llamas, se dieron cuenta de que el hijito de la señora, de 5 años de edad, estaba dentro de la casa y no había forma de llegar a él. Las escaleras ya se habían caído y su madre yacía ya muerta.

Un hombre que pasaba por el lugar, vio la escena; observó un tubo al lado de las llamas que llegaba a la ventana donde se había asomado el niño. Nadie podía tocar el tubo por que se había calentado mucho. Pero aquel hombre, valientemente, se deslizó por el tubo quemándose las manos, hasta que logró llegar donde estaba el niño, salvándole la vida.

Un año y medio más tarde, se ventilaba en la corte quién calificaba para adoptar al niño (siendo él el administrador de toda la riqueza). Muchos lo solicitaron, demostraron lo que creían era necesario para calificar: Trayectoria, negocios, solidez, riquezas, Etc. Pero a ninguno el niño aprobó, hasta que entró a la sala un hombre desconocido el cual caminó lentamente con las manos dentro de los bolsillos.

El juez le preguntó por sus credenciales, a lo que respondió: “Señoría, no tengo riquezas ni negocios que me hagan competir contra todos los que aspiran a adoptar al niño”. El juez le dijo: “¿Pues qué hace usted aquí? Alguna razón debe mostrar por la que quiera ser quien adopte al niño”. El señor dijo: “Solo tengo estas muestras de amor abnegado” (Al decir esto mostró sus manos estaban totalmente, quemadas, desechas). El niño al verlo reconoció al hombre que le había salvado la vida y con lágrimas en sus ojos corrió hacia él y le abrazo. Este hombre fue quien le adoptó.

El amor de Cristo mora en nosotros y debemos mostrar ese mismo amor a aquellos que se crucen por nuestro camino sabiendo que nuestra recompensa vendrá del Señor.

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