“Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).

Reunido con Sus doce apóstoles, Jesús les hace una pregunta de diagnóstico: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” Luego de oír las respuestas, les pregunta cuál es su opinión personal: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” El hermano de Andrés, llamado Simón Pedro, da una respuesta firme, segura y determinante: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Jesús le dice: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Todo lo que estaba aconteciendo en ese momento, el Señor lo usa para sentar las bases de lo que sería el fundamento sobre el que descansaría Su Iglesia.

Cuando dice: “Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente”, Simón Pedro como judío sabía de lo que estaba hablando, sabía que el Cristo era aquel que venía con la misión de redimir a la humanidad a través de Su muerte. Reconoció que Jesús era el Ungido de Dios, que sobre Él reposaba la plenitud del Espíritu Santo y que por lo tal era la única persona en quien el Padre se había agradado.

Lo primero que el Señor hace con Simón es cambiarle el nombre. Simón significa caña y sintetizaba la vida de este hombre. Como la caña es movida por el viento y parece ser fuerte pero es débil, etc., Así era la vida de Pedro; era inconstante, de doble ánimo, aparentaba ser valiente pero era temeroso. Jesús le dice: “Tu nombre será Pedro, piedra”. Tendría la firmeza de la roca y fue tal lo que Dios hizo en este hombre que se constituyó en uno de los principales líderes del cristianismo.

Fue quien luego animaba a los cristianos diciéndoles: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5).

Al frente de nuestro edificio administrativo se encuentra la primera iglesia que edificamos y gran parte de su fachada está hecha de ladrillo. Un día subí al último piso del edificio donde estábamos levantando un muro y había allí muchos ladrillos arrumados.

En ese momento, el Señor habló a mi corazón: “Hijo, quiero enseñarte algo”, señalándome el frente del templo. “¿Qué diferencia ves entre los ladrillos que ya están dispuestos en la fachada y los que están arrumados?” Le dije que los que estaban colocados estratégicamente hermoseaban la edificación, mientras que los otros esperaban su turno.

El Señor me dijo: “Algo similar podría acontecer en la congregación que pastoreas, pues si sus miembros no están ocupando el lugar que les corresponde en el ministerio, se verán como ladrillos arrumados”. Después de esta palabra entendí que Dios estaba hablando a mi vida y mi ministerio; comprendí que tenía que ser diligente en ayudar a cada miembro de nuestra iglesia a encontrar su lugar en el ministerio.

Esto me ayudó a fortalecer más el trabajo en las casas a través de las células. El sello del ministerio solo podrá manifestarse a través del fruto. Que el Señor le dé a usted la capacidad de creer que va a usarle y que podrá ayudar en la edificación de Su Iglesia.

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4 SEPTIEMBRE · DE LA INCONSTANCIA A LA SOLIDEZ

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