En la antigüedad era muy común el mercado de esclavos y era habitual verlos en la plaza pública. La gente los identificaba porque encima de sus cabezas había puesta una lanza y quien poseyera los recursos suficientes podía comprar alguno de ellos. Los esclavos no tenían derecho a opinar, era como si no tuvieran voluntad.

Un hombre de negocios llegó en cierta ocasión al mercado de esclavos y compró a una mujer muy hermosa. Ella se sentía aterrorizada porque no sabía el futuro que le esperaba, pues sabía que podría convertirse en la esclava sexual de este hombre o, quizás, tuviera que hacer los trabajos más pesados. Cuando estaba delante de su nuevo dueño, le escupió el rostro en un gesto de impotencia y frustración; mas el hombre no reaccionó agresivamente como ella esperaba, sino que tomó un pañuelo y se limpió el rostro, luego tomó el documento que le daba el completo derecho legal sobre ella y se lo entregó: “Eres dueña de tu propio destino”. Dio media vuelta y se alejó de ella. La mujer, sorprendida por lo que estaba aconteciendo, corrió detrás de aquel hombre y le pidió humildemente permanecer a su lado y poder servirle (Autor anónimo).

Algo similar fue lo que hizo Jesús con nosotros, pues en cierta manera estábamos en el mercado de esclavos, había una lanza sobre nosotros. Un día Jesús pasó y nos vio en la plaza del mercado y fuimos agradables ante sus ojos, decidió pagar un precio por nuestro rescate y el precio fue Su Sangre.

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4 OCTUBRE · CAMBIANDO NUESTRO DESTINO

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