Después de mi conversión, no tenía una dirección clara de mi formación espiritual; había conocido a Jesús sin la ayuda de ningún mentor, aunque no tenía un lugar para mi tiempo de oración, todos los días salía a caminar y aprovechaba cada oportunidad para hablar con el Señor como por unas dos horas. En una de esas noches, pasé junto a una pequeña iglesia donde escuché música y a las personas cantar. Me detuve a observar, pero la impresión que tuve no fue de mi agrado.

Pensé que eran fanáticos religiosos y me dije a mí mismo: “Esto no es para mí”. Decidí alejarme de aquel lugar, más cuando me fui a mover quedé como paralizado, mi cuerpo no respondía a ningún movimiento. Fue entonces que escuché una voz que me decía: “Vas a entrar ahí”, a la cual respondí: “Eso no me gusta”. Y de nuevo la voz me insistió, de manera que no tuve otra opción, pero cuando estaba en aquel lugar, todo ese concepto negativo que había venido a mi mente desapareció y sentí un ambiente de paz.

Cuando comenzó la conferencia, quedé maravillado del conocimiento que ellos tenían de la Biblia, y uno de los textos que compartieron aquel día fue: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8).

Desde ese momento se despertó dentro de mí un gran deseo por conocer al Espíritu de Dios. Entendí que conocer a Jesús es la experiencia de la salvación, pero conocer al Espíritu Santo es tener la fuerza que nos sostendrá mientras estemos en este mundo. Comprendí Él es el único que nos puede guiar, y que sin Él sería prácticamente imposible llegar al final de la carrera en nuestra vida cristiana.

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4 MARZO · CONOCIENDO LA VOLUNTAD DE DIOS

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