Recibí el testimonio de una mujer sobre su experiencia al ir a un encuentro. “Por años viví con un espíritu de culpabilidad que carcomía mi vida día a día. Enviudé hace ya quince años y, al poco tiempo, me enamoré de otro hombre. Siempre había sido una mamá ejemplar con mis hijas, pero empecé a sentirme enferma y tenía hemorragias continuas. Un día decidí ver al médico; para mi gran sorpresa, el dictamen fue que estaba embarazada. Me sentí morir con la noticia, fue mi peor día.

Pensaba en la reacción que tendrían mis hijas, en lo que murmuraría mi familia, porque una cosa es que la hija fracase sentimentalmente, y otra muy diferente es cuando la mamá fracasa. En medio de mi desespero, fui a una clínica de abortos, pero dijeron que no lo harían porque ya tenía seis meses de embarazo y pondría en riesgo mi vida.

Prefería morirme antes de soportar la vergüenza ante mis hijas. Sin embargo, cuando vi el bebé en el monitor se despertó en mí ese sentimiento de madre y desistí de la idea del aborto. Ese bebé tiene hoy diez años y es una hermosa niña. Nunca había podido perdonarme y sentía como si un espíritu maligno me atormentara. Sin embargo, cuando fui al encuentro una prédica trataba de cómo el Señor Jesús vino a liberarnos del poder del enemigo; entonces comprendí que mi fracaso y mi vergüenza Él ya los había llevado en la Cruz y que había muerto especialmente por mí. Logré despojarme de la pesada carga que me había atormentado por años, pude perdonarme y acepté el perdón que Jesús me ofrecía. Mi vida se dividió en dos; antes de ese encuentro y después de él. Al ser aceptada por Jesús, me convertí en la mujer más feliz del mundo”.

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4 ABRIL · LA VICTORIA OBTENIDA EN LA CRUZ

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