A los pocos años de haber empezado el ministerio del pastorado me encontré ante una de las pruebas más fuertes para mi fe. Cuando vi por televisión a uno de los predicadores más populares de la época, pidiendo perdón por pecados morales, se produjo un impacto muy fuerte en mi vida. Aquella noche teníamos reunión en la iglesia y me postré en el piso cerca del altar llorando y gimiendo desde lo más profundo de mi corazón. En oración decía: “Ay de mí, Señor; si este hombre que se suponía era un ejemplo de fidelidad te ha fallado, ¿qué puede esperarme a mí?” Me sentía devastado. Pensé que Dios le había dado la espalda a aquel hombre, esa fue la hora crítica del cristianismo a nivel mundial; fue como si las acciones de la bolsa de valores del Reino Celestial se hubiesen devaluado. Sentía que habían desaparecido las pocas acciones que yo tenía allí.

Me encontré frente a un futuro espiritual incierto. Después de estar un buen tiempo en oración, oí la voz del Señor diciéndome: “Hijo, Yo no le di la espalda a este hombre, fue él quien me dio la espalda a Mí. Por su propia voluntad escogió hacer lo que hizo. Mas, quiero decirte que no permitiré que tengas una prueba o una tentación que sea más fuerte que tu voluntad sino que, cuando venga la tentación, te daré la fuerza para resistirla y te libraré de ella”.

La Biblia dice: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).

Después de esta palabra me sentí fortalecido, sabiendo que no podemos jugar con nuestra salvación y que siempre debemos permanecer muy ligados al Señor.

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3 ABRIL · RESISTIENDO AL ENEMIGO

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