¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. (Isaías 49:15)

El anhelo del corazón de Dios es restaurar Su relación de amor con cada ser humano. A través del profeta Isaías, el Señor dijo:  “Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano,  amparad a la viuda.   Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de Jehová lo ha dicho” (Isaías 1:15-20).

Este pasaje de Isaías nos enseña los seis pasos que debemos realizar para llegar a esa restauración.

1. Lavaos y limpiaos · Debemos entender que lo único que puede lavar y limpiar el pecado del corazón del hombre es la sangre de Jesucristo: “Y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). 

Esto se lleva a cabo cuando el pecador reconoce su falta, y acude en un acto de fe a la Cruz del Calvario, diciendo:  “Señor, reconozco que esa sangre que Tú derramaste puede limpiarme de todo pecado. Hoy renuncio a mi vida de maldad, confiando que Tú me limpias”.

2. Despojaos de todo peso · El escritor de la carta a los hebreos, dice: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante” (Hebreos 12:1).

Es fundamental que cada creyente entienda que el pecado es una carga que detiene el avance de la vida cristiana. Los pecados son como grillos que atan los pies. Debemos, a través de nuestra voluntad, pedirle al Señor que nos libere de todo peso que ha traído el pecado.

3. Dejad de hacer lo malo · Esto implica romper definitivamente con el pasado. No debemos rodearnos nuevamente de aquellas personas o circunstancias que nos apartaron de la senda de Dios. Es necesario tomar la decisión de romper total y definitivamente con el pecado.

4. Aprended a hacer el bien · Así como por años quizás sólo aprendimos a hacer lo malo, del mismo modo el Señor anhela que ahora sólo nos preparemos para hacer el bien. Debemos practicar el bien hasta que esto se convierta en un hábito en nuestra vida. Pablo dijo: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32).

5. Buscad juicio · El juicio es el resultado del sometimiento del hombre a la voluntad de Dios, revelada por medio de su Palabra. Debemos entender que la “fornicación, el vino y el mosto quitan el juicio” (Oseas 4:11). El Señor Jesús dijo: “Según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad,  sino la voluntad del que me envió…” (Juan 5:30).

6. Restituid al agraviado · Uno de los mayores ejemplos de restitución lo vemos en la vida de Zaqueo. Cuando Jesús llegó a la casa de este hombre, él tomó sus bienes y dijo: “Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lucas 19:8).

Cuando alguien tiene una herida se requiere de un antiséptico para evitar cualquier infección. En el área emocional la situación es muy similar, se necesita desinfectar con el producto adecuado. En la Palabra está representado en el vino, el cual es un prototipo de la Sangre de Jesús. Al aplicar la bendita Sangre del cuerpo llagado de Jesús, ésta se encargará de absorber toda amargura, enojo ira, autocompasión, frustración, etc. (Apocalipsis 12:11). El otro elemento es el aceite. Representa el refrigerio interno, la unción del Espíritu Santo en nuestra vida.

Algunas lesiones son tan profundas que aún no han logrado borrarse de la memoria y se convierten en una marca dentro del corazón; son más fuertes que las heridas físicas y duelen más que estas. Para ello, nuestro Dios tiene un bálsamo. El óleo de Su Santo Espíritu. Él quiere tocar las fibras más íntimas de nuestro ser, quiere sanarnos. Él viene a acompañarnos, consolarnos y decirnos que ya no estaremos solos, sino que ahora disfrutaremos de Su protección y Su amor. Jesús presentó al Espíritu Santo como el “Consolador” – en griego, “Parakleto” – es decir, alguien que está a nuestro lado para fortalecernos.

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