“Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días” (Salmos 23:6).

Cada palabra dada por Dios a través de sus profetas, era un decreto que ponía a los ángeles del cielo a trabajar. Eso mismo es lo que el Señor desea hacer a través de cada uno de aquellos que hemos creído en Él. David declaró con plena convicción de que sin lugar a dudas el bien y la misericordia, serían sus más grandes aliados durante toda su vida.

Como lo podemos ver, David no empezaba el día pensando en el fracaso, ni vivía con la zozobra de pensar que en cualquier momento el mal lo tocaría; por el contrario, veía la bondad de Dios cuidándole, como el padre que está detrás de su hijo mientras éste aprende a caminar y si en algún momento llega a tropezar con algo estará listo para protegerlo; es así como el niño no se preocupa porque sabe que tiene la mejor protección.

David comprendió que el corazón de Dios además de bueno también era misericordioso. Y que si tendría que corregirlo jamás lo haría con ira, sino lleno de amor.

Ahora podemos preguntarnos: ¿Cómo fue que David llegó a ese nivel de relación con Dios? Todo empezó desde su juventud, su padre le confió el cuidado de unas pocas ovejas que tenía en el campo, y de buena voluntad David asumió dicha responsabilidad. Aprovechó, en gran manera, todo el tiempo libre que tenía en el campo para adorar a Dios con todas sus fuerzas.

En el instante que Saúl desobedeció a Dios, el Señor le habló a través del profeta Samuel: “Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó”. (1 Samuel 13:14).

David se determinó, desde su juventud, que Dios fuera su pastor. En cada aspecto de su vida permitió la guía del Señor, por eso halló gracia delante de Él, ya que Dios busca personas que le sean de plena confianza. Por este motivo David llegó a ocupar el lugar de privilegio que tenía Saúl.

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