Años atrás se jugó lo que podríamos llamar el partido por la vida, el equipo principal estaba integrado por Jesús y doce hombres que había escogido para que entraran a la cancha hombro a hombro junto a Él. Si perdían el partido significaba la muerte para todos; tenían que jugar para ganar si querían conservar su vida y la de sus seres queridos.

Aunque el juego se había mantenido muy reñido, en los últimos minutos antes de terminar el primer tiempo hubo un gol, pues uno de los doce se vendió para el equipo contrario y fue el encargado de que lesionaran a la estrella del equipo, teniéndolo que dar de baja. Una gran frustración y tristeza se apoderó de los once jugadores restantes, pensaron abandonar el partido y esperar el día de su ejecución pero fueron sorprendidos al recibir la noticia de que un milagro había ocurrido: la estrella del equipo había resucitado y estaría nuevamente al frente de ellos en la cancha.

Salieron triunfantes y victoriosos; lo que pensaron sus adversarios que sería su mayor y gran conquista, se transformó en la más poderosa derrota. Éstas fueron las noticias que se reportaron entonces: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Hebreos 2:14,15).

“Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:14,15).

Lo interesante de este triunfo es que los más beneficiados no son los jugadores, sino todos los espectadores del “juego” que crean que Jesús es la súper estrella y acepten el reto de entrar al equipo exitoso.

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30 JULIO · PROSPERIDAD Y CONQUISTA

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