Las heridas más profundas en el corazón del ser humano, son producidas por el rechazo. Los efectos que deja está herida son tan poderosos, que ni el tiempo las puede curar, y es tan fuerte que en la mayoría de los casos toca la estima propia. Razón por la cual el Señor dio la parábola del Buen Samaritano, quien se acercó a la persona que estaba postrada después de haber sido herida por maleantes, y este hombre quedó en deuda de gratitud, no con el sacerdote, ni con el levita, pues éstos siguieron de largo; sino con el buen Samaritano que interrumpió sus actividades, y lo socorrió.

Aquel hombre se encontraba herido, desilusionado de la vida y postrado en su dolor sin saber si viviría o moriría. El buen Samaritano no llegó con código de reglas para saber si debería ayudar a ese pobre hombre, ni lo forzó a que hiciera un compromiso con sus creencias, etc. Él simplemente le sirvió a esta persona necesitada, usando dos elementos: el vino y el aceite. El vino ayuda de antiséptico, además es un prototipo de la sangre de Jesús. Y el aceite es un prototipo de la llenura del Espíritu Santo.

Y este fue el comienzo de su restauración. A través del profeta Jeremías, Dios dijo: “… incurable es tu quebrantamiento o herida, y dolorosa tu llaga (Jeremías 30:12). Dios podía ver la condición espiritual en la cual se hallaba Su pueblo. A causa de ello, les habló la siguiente palabra: “He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad” (Jeremías 33:6). La medicina de Dios sólo puede ser dada a conocer a través de Sus siervos. Por eso es importante que al ganar a alguien para Cristo podamos consolidarlo mediante un Encuentro, pues es allí donde recibirá la medicina que lo curará.

La mejor manera de agradecerle a Dios todo lo que ha hecho por nosotros es compartiendo y ayudando a las personas que nos rodean del inmenso amor que Jesús tiene para cada una de ellas.

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30 AGOSTO · UN CORAZÓN AGRADECIDO

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