30 DE ABRIL · FE QUE DA VIDA

Un hombre del norte de Nueva York era rico, en casi todas las maneras posibles. Sus bienes raíces estaban evaluados en millones. Era dueño de casas, tierras, antigüedades y ganado. Pero aunque aparentemente lo tenía todo, en su interior era infeliz. Su esposa había envejecido y no habían podido tener hijos. Él siempre había anhelado un hijo varón, que continuara con el legado de la familia. De manera milagrosa, su esposa quedó embarazada, y tuvo un hijo varón. El hijo tenía muchas discapacidades, pero el hombre lo amaba con todo su corazón. Cuando el niño tenía cinco, su madre murió, así que el padre se acercó cada vez más a su hijo especial.

A la edad de trece años, los diferentes quebrantos de salud del muchacho le costaron su vida, y la de su padre, quien no soportó la tristeza. Sus bienes entraron en una subasta ante cientos de postores. El primer ítem que se ofrecía era una pintura del niño. Nadie ofertó, pues estaban esperando los elementos más valiosos.

Por fin, una humilde ama de casa, que había ayudado a cuidar al niño y lo amaba, ofertó cinco dólares por la pintura, y ganó la oferta sin problemas. Después se oyó al organizador decir: “A la persona que piense lo suficiente en mi hijo, para comprar la pintura, a ella le dejo en herencia todos mis bienes”; la subasta terminó. La multitud avara se retiró del lugar desilusionada y molesta.

¿Cuantos de nosotros hemos tratado de ir por lo que consideramos las “riquezas verdaderas”, solamente para darnos cuenta de que el Padre está dispuesto a darnos todo lo que es de Él, si ponemos nuestra mirada exclusivamente en Su Hijo? “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).

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