Cuando el Señor escogió Su equipo de doce, ninguno estaba apto para cumplir de manera eficaz la tarea; no obstante, con la pericia de Sus manos, durante tres años y medio se dedicó a darles la forma correcta haciendo de ellos verdaderos hombres de carácter. Primero los formó y luego sopló Su Espíritu Santo en ellos. Así como cuando Dios formó a Adán y culminó Su obra soplando Su Espíritu de vida en él, Jesús lo hizo con Sus discípulos.

Recién cuando tuvieron un carácter correcto, recibieron el Espíritu Santo. Debemos entender que el Señor busca personas para que integren Su equipo. Él quiere que usted sea parte de aquellos que Él desea tener en la primera línea. Aunque usted diga que no es un experto, el Señor le titula igual, pues primero le titula y luego le entrena. Dios le llama al ministerio aun cuando usted no esté capacitado y después le entrena para que sea un brillante líder.

Para relacionarse con Sus hijos, Dios siempre lo hace a través del pacto. El Señor se reveló a Abraham como el Dios todopoderoso y le dijo: “Anda delante de mí, y sé perfecto; y pondré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti” (Génesis 17:1·3). El pacto de Dios con un hombre, por lo general, incluye a su descendencia; en la medida que los hijos guarden el pacto, Dios se encargará de ampliar la esfera de responsabilidad en las diferentes áreas. Después del pacto, Él cambió el nombre a Abram por el de Abraham, haciéndolo padre de multitudes, decretando que naciones y reyes saldrían de él.

Poco antes de que Jesús fuera entregado por Judas, instituyó la Santa Cena y al tomar el vino dijo: “Esta es mi Sangre que por muchos será derramada”. Aquella copa representa al nuevo pacto en Su Sangre y, quien beba de ella, entra en un nuevo pacto con Dios.

Por medio de la fe, usted y yo hemos entrado en el nuevo pacto. En el mundo espiritual, las fuerzas adversas perciben con claridad la marca de la Sangre de Jesús sobre las familias que se han cobijado bajo la sombra de la fe cristiana. Saben que no podrán acercarse a ninguno de ellos porque Jesús, a través de Su Sangre, ha puesto un cerco de protección que ningún demonio podrá traspasar.

El Cristo que usted tiene en su vida no es débil sino poderoso; pues aunque murió en debilidad, resucitó victorioso en el poder del Espíritu Santo. Jesús puede compadecerse de cada uno de nosotros porque, como hombre, Él tuvo que soportar toda clase de adversidades. Crea que Él lo cubre con Su Sangre bendita para que ningún mal le alcance.

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2 MAYO · CONOCIENDO AL DIOS DE ABRAHAM

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