Nunca había visto un ángel, lo que conocía de ellos se basaba en las enseñanzas de la Biblia, sin embargo, después de cinco años de servicio al Señor, Dios me dio ese gran privilegio. Fue a causa de un ataque callejero, en el cual recibí una puñalada en el tórax y por esto hubo un paro cardíaco que me hizo estar unos treinta minutos muerto. Salí corriendo en medio de mi desespero, pero pude avanzar tan solo una cuadra y me desplomé sin vida en el piso.

En ese instante que mi cuerpo cayó, mi ser espiritual no cayó, sino que entré en la dimensión espiritual y me vi rodeado de miles de ángeles, los veía con nitidez como a cualquier persona. Lo que era invisible para mí, se había vuelto maravillosamente visible. Todos vestidos de blanco, con largas cabelleras y rostros resplandecientes, entonando un cántico de adoración a Dios.

Lo más impresionante era que, con cada tonada que salía de sus labios, se producía un efecto de felicidad tan fuerte en mi corazón que pude sentir lo que nunca había sentido en la tierra, es decir, el gozo inefable. Aunque luego pedí al Señor que me permitiera regresar a este mundo y me lo concedió, esa imagen quedó grabada en mi mente con claridad. Pude comprender que en el reino espiritual todos alaban a Dios, que la alabanza produce gozo y que son los ángeles quienes nos guían a la morada eterna.

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29 JULIO · VÍSTETE DE ALABANZA

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