29 DE ABRIL · NACER DEL ESPÍRITU

¿Alguna vez se ha detenido a pensar que del mensaje que usted está dando pueda depender la eternidad de las personas? Esa fue una de las experiencias del Reverendo Stanley Jones. Precisamente cuando iba a hablar a un auditorio de quince mil personas, en una de las ciudades de los Estados Unidos, fue puesta en el púlpito una nota anónima firmada por Dos estudiantes de escuela superior que decía más o menos lo siguiente: “Usted es nuestra última esperanza esta noche. Estamos confundidas y no sabemos cómo vivir; por lo tanto hemos decidido terminar de una vez. Si usted tiene alguna palabra que pueda mostrarnos el camino, dígala. Si no la tiene nuestro fin ha llegado”.

Mientras hablaba ya no veía a las quince mil personas que me escuchaban aquella noche, sino únicamente a las dos muchachas que estaban siendo zarandeadas interiormente, y mi respiración misma era una oración.

Fue la misma vieja historia: una fue tomada y la otra dejada. Una aceptó el ofrecimiento de Cristo y fue capaz de levantarse de en medio de su desesperación para encaminarse por el sendero de la felicidad y del servicio; la otra pensó que el evangelio era demasiado bueno para ser verdad, y cometió su horrible propósito, hundiéndose en una eternidad sin Dios.

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