“Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento”. (2 Corintios 2:14).

El triunfo es la proclamación de gratitud por haber derrotado al enemigo, es la expresión de júbilo por la victoria después de haber ganado la batalla.

Lo que Jesús conquistó en la cruz del calvario, fue la victoria más grande en todo el Universo. El precio que Jesús pagó por nuestro rescate fue un precio de sangre, estableciendo a través de este sacrificio una puerta para poder entrar al redil. Recuerden que Jesús dijo: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos”. (Juan 10:9). Esa puerta está representada en la alabanza y la gratitud que tenemos hacia Dios.

David dijo: “Entrad por sus puertas con acción de gracias, Por sus atrios con alabanza; Alabadle, bendecid su nombre”. (Salmos 100:4)

“Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17:15·17).

Aquellos leprosos que Jesús limpió, eran las personas más olvidadas por la sociedad, a tal punto que habían sido confinados a vivir aislados del pueblo.

Jesús después de que los limpió, les mandó que de acuerdo a la Ley Mosaica debían presentarse ante el sacerdote para corroborar que realmente habían sido sanados. No obstante, de los diez solo hubo uno que pudo ver las cosas desde otra perspectiva, aquella persona que hizo la diferencia era alguien que no pertenecía al pueblo de Israel.

Este hombre volvió a Jesús con un corazón agradecido. Lo interesante de todo fue que a través de esto estaba reconociendo a Jesús como su sacerdote, cosa que los otros nueve no alcanzaron a entender, porque tenían el velo de la ley que les impidió reconocer la autoridad sacerdotal del Señor Jesús.

Es interesante ver lo que este hombre hizo:

Volvió, glorificando a Dios a gran voz · Ese volver, significa dar media vuelta, y es lo que tanto en griego como en hebreo se utiliza para hablar del arrepentimiento, que en sí es dar la espalda al pecado o a la tradición y volver el rostro a Dios. No obstante, su conversión no fue silenciosa, sino que a voz en cuello glorificó a Dios.

Y se postró rostro en tierra a los pies de Jesús · Esto significa rendición total o correcta adoración. Es la manera como alguien le puede decir a Dios: “Señor toma el control total de mi vida”. David dijo: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. (Salmos 51:17)

Dándole gracias · La expresión de gratitud tiene un sonido melodioso cuando proviene de labios sinceros y de un corazón humilde. Todo lo contrario ocurre cuando proviene de un corazón arrogante, donde aquel sonido se torna discordante. No olvidemos que la mejor manera de entrar a los atrios de Dios es a través de un corazón lleno de gratitud a Él.

Salomón dijo: “Te has enlazado en los dichos de tu boca, has quedado preso en lo que tú has dicho con tus labios” (Proverbios 6:2). Conforme a sus palabras acontecerá con su vida. Algo que muchos no han entendido es la importancia de bendecir; la palabra “bendecir” significa “decir bien”. “Beraca” es un vocablo hebreo que significa “desear el bien a otra persona”. Con nuestras palabras podemos elogiar, halagar y motivar; esto es más beneficioso que regañar, criticar y avergonzar.

Cuando Dios creó la primera pareja, los llamó y les dio tres bendiciones. “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1:28).

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28 OCTUBRE · EL PODER DE LA LENGUA

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