Un día, una mamá frustrada con sus 3 hijos le comentó a su esposo que ya no sabía qué hacer para que dejaran de gritar tanto en la casa. El esposo la miró y le contestó: “Te has escuchado como tú le hablas a ellos; los niños sólo imitan tu tono de voz”.

Esta madre no entendía por qué sus hijos actuaban como lo hacían, hasta que el esposo puso un espejo frente a ella y reconoció que la que más gritaba era ella. Las mayores ofensas se suelen hacer en momentos de ira o desesperación. Sabemos que de la abundancia del corazón habla la boca, y también son nuestras palabras las que nos dignifican o nos avergüenzan.

Reciba del Espíritu Santo el dominio propio y use sus palabras sólo para edificar.

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28 AGOSTO · ERES LO QUE HABLAS

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