En cierta ocasión el capitán del barco miraba a lo lejos y podía distinguir luces tenues en la gran oscuridad de la noche. De inmediato, ordenó a su guardavía que enviara el siguiente mensaje: “Altere su rumbo diez grados hacia el sur”.

Enseguida se recibió la réplica: “Altere el suyo diez grados hacia el norte”. Se enfadó el capitán, ya que su orden había sido ignorada. Así que mandó un segundo mensaje: “Yo soy el capitán. Altere su rumbo diez grados hacia el sur”. Al rato, vino la respuesta: “Yo soy el marinero tercera clase Martínez. Altere su rumbo diez grados hacia el norte”. Pensando infundir temor, el capitán respondió: “Estoy al mando de un buque de guerra”, a lo cual el marinero le contestó: “Y yo estoy al mando de un faro”.

La manera como el Señor nos transforma es tomando nuestra naturaleza carnal y pecaminosa y llevándola a la Cruz, para que allí sea destruida por completo. Luego, Él puede entregarse a crear dentro de nosotros un nuevo hombre, conforme a Su imagen y semejanza. Sólo los mansos tendrán el valor de rendir la totalidad de su vida al pie de la Cruz para que el Espíritu Santo pueda hacer Su obra en cada uno.

Muchas veces creemos que conocemos el camino correcto, que sabemos lo que se debe hacer y nos olvidamos de consultar con Jesús, la LUZ de este mundo. Otros muchos, aunque han entregado su vida a Jesús, todavía no le permiten dirigir cada paso que dan. Lo contrario de ser alguien moldeable o enseñable, es ser rígido, es decir, que no se puede cambiar, o que no acepta el cambio.

Esta es la actitud de tantos hijos de Dios que no permiten que su pastor, o su líder, les enseñen de qué manera el Señor desea hacer las cosas en sus vidas para bendecirlos.

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28 ABRIL · LA RUTA DE MI DESTINO

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