28 DE OCTUBRE · LA MANO AMIGA

Sucedió en el suroeste de Colombia durante la campaña de Independencia, el sargento Perdomo abandonó las filas patriotas para pasarse a las realistas, pero al poco tiempo cayó prisionero de sus anteriores compañeros de armas. El comandante patriota no tardó en ordenar que lo pusieran en capilla para ser fusilado. Se presentó la hija del condenado, y venía a rogar que le dieran permiso a su padre para ir a ver a su madre que se encontraba en un pueblo, enferma de gravedad, y deseaba hablar por última vez con su marido. Conmovido tanto por las lágrimas como por la insistencia y la sinceridad con que hablaba la bella joven, Espinosa finalmente aceptó la extraña proposición. Con temor y temblor abrió la puerta del calabozo, pero no sin antes exigirles a los dos que prometieran no hacerlo quedar mal ante sus superiores.

Fue un gran alivio el que sintió aquel guardia cuando el sargento regresó; pero esa misma noche los realistas contraatacaran y los patriotas se retiraran, ¡de modo que Perdomo quedó libre!

Pasado un año, Espinosa fue a parar en la cárcel de Popayán. Allí le tocó el turno a él, pues los realistas lo pusieron en capilla. Pero de pronto oyó que alguien descorría los cerrojos y preguntaba por el alférez Espinosa. ¡Era nada más y nada menos que Perdomo! Si bien es cierto que no pudo conseguir que Sámano, el gobernador, pusiera en libertad a Espinosa, de todos modos, se cree que su intervención contribuyó a que, a última hora, no fuera fusilado.

Pablo declaró «No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos. Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos…». Compartamos con cada persona el amor de Dios.

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