28 DE NOVIEMBRE · RESTAURACIÓN Y SANIDAD

Cuando el célebre músico Haydn era niño fue contratado por el organista de la catedral de Viena para cantar en el coro; pero cuando se hizo adolescente y su voz enronqueció, su amo le despidió del modo más cruel. Tomando como excusa una ligera travesura de muchacho, lo echó de su casa un frío día de noviembre a las 7 de la noche, dejándole con un vestido ligero y sin un solo “Kreutzer” en su bolsillo.

Arrojado a la calle a tal hora, y sin ningún medio para hallar cobijo, se tendió sobre un banco de piedra dónde pasó la noche.

Un amigo pobre, pero músico de oficio, llamado Spengler, le encontró la mañana siguiente, y aun cuando él mismo y su esposa vivían en una habitación de una sola pieza, en un quinto piso, ofreció al pobre huérfano un rincón de su buhardilla y un asiento en su mesa; una cama miserable y una silla. Pasaron pocos años y el benevolente Spengler tuvo motivos para felicitarse y dar gracias a Dios por su acto de generosidad, pues Haydn, elevado por su don musical, pudo recompensarle poniéndole como tenor principal en la capilla del príncipe Sterhazy.

En verdad declaró nuestro Salvador que: “Ni un vaso de agua fría dado en su nombre perderá su recompensa”. Muchas veces ocurre en esta misma vida, y de un modo infaltable en la otra.

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