“Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” (Salmos 27:1).

David pudo conocer a Dios como la luz que iluminaba su vida, aun en los momentos en que llegó a pensar que su lámpara se apagaba y que por fin su enemigo hallaría su vida para destruirla. Al pensar que todo estaba en su contra, era cuando su senda se iluminaba y la gloria de Dios se revelaba a su vida.

En cada situación difícil, David vio la luz de Dios que siempre iba acompañada de salvación. Al respecto Charles Spurgeon dijo: “Existe una gran diferencia entre la luz y el ojo que la ve. Un ciego puede saber mucho acerca del brillo del sol, pero éste no brilla para él, no le da luz. De igual modo, saber que “Dios es luz” es una cosa (1 Juan 1:5), pero decir: “El Señor es mi luz” es algo muy distinto”.

La profecía bíblica dice: “El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció” (Mateo 4:16). Los que ya habían perdido toda esperanza de vida y se habían resignado a que la muerte viniera por ellos, fueron iluminados con la predicación del evangelio.

Entendieron que en la antesala de la destrucción eterna, la muerte se pasea con destellos de luces que anestesian la conciencia de los que ha logrado atrapar y que caminan a pasos agigantados a su propia condenación. La muerte ofrece un foco tenue de luz para que los incautos no miren el Sol de Justicia que está en la vida de nuestro Redentor.

La predicación del evangelio es simplemente correr las cortinas para que la persona note la gran diferencia que hay entre el tenue foco de los que están en la sombra de la muerte y la poderosa luz del Sol de Justicia que todo lo ilumina. El profeta dijo: “Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada” (Malaquías 4:2).

Los magos del oriente fueron dirigidos por la luz de una estrella que los llevó a conocer al que se convertiría en el Sol de Justicia: “Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Mateo 2:10·11).

El enceguecido Saulo de Tarso que, en su celo religioso pensó que el cristianismo haría gran daño a las creencias de los judíos, se desplazaba con las cartas firmadas que lo autorizaban encarcelar y maltratar a los creyentes para tratar de frenar el avance del cristianismo. Mientras estaba galopando acompañado por los soldados que integraban el equipo inquisidor, una luz lo derribó del caballo, pero no era cualquier luz, sino la luz del Sol de Justicia. Fue tal el impacto que por tres días quedó ciego. Postrado en el piso, oyó la voz del Señor diciendo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer” (Hechos 9:4·6).

Luego Dios envió al profeta Ananías a orar por él y además le menciona el propósito por el cual se le reveló a este hombre. “Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” (Hechos 9:15·16). Fue tan poderoso lo que el Señor hizo a través de él que el libro de Los Hechos dedica la mayor parte de su contenido al exitoso ministerio de este singular hombre de Dios conocido como el Apóstol Pablo.

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27 SEPTIEMBRE · TRANSFORMAR LAS TINIEBLAS EN LUZ

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