Hace más de un siglo, una empresa de zapatos de Inglaterra publicó una oferta laboral para su nuevo proyecto; seleccionaron a dos vendedores. Al primero lo enviaron a Sudáfrica; como era la época en que nadie usaba zapatos, a los pocos meses el hombre había regresado desilusionado y por lo tanto perdió el empleo. Luego enviaron al otro, cuyo estado de ánimo estaba muy alto. Sin embargo, tuvo que vencer muchos obstáculos ya que la gente estaba acostumbrada a caminar descalza. El hombre no se desalentó y apeló a nuevas estrategias. Le propuso al jefe de la tribu una competencia de cuatro kilómetros con algunos obstáculos en el camino, como piedras y espinas.

Por supuesto que el hombre blanco perdió la carrera; el jefe de la tribu le dijo: “Nuestros hombres son muy fuertes y no necesitamos de esos zapatos, pudimos vencer”. “Sí, pero mire como quedaron los pies de sus hombres y compárelos con los míos”, fue la respuesta. El hombre blanco aprovechó la situación para venderle la idea de que debían tener zapatos, pues serían una gran protección para los pies.

Luego le regaló un par de zapatos al jefe de la tribu. La gente se fue acercando y el hombre les regalaba zapatos. Después de dos años comenzó a venderles los zapatos y, como no tenían dinero en efectivo, pagaban con piedras que coleccionaban y en su mayoría eran diamantes. Entre los diamantes que le dieron estaba el más grande del mundo que luego fue guardado en el Palacio Imperial de Inglaterra.

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27 FEBRERO · FORTALECERSE EN EL SEÑOR

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