Es interesante observar cómo Jesús empieza Su extraordinario Sermón del Monte usando dos palabras que son antagónicas. Bienaventuranza, que significa dicha extrema, y pobreza que significa carencia de todas las cosas, que se relaciona con la miseria y que hace sentir a las personas que no pueden valerse por sí mismas. Si Jesús hubiese omitido las palabras “en espíritu”, deduciríamos que Él no estaba de acuerdo con el desarrollo o el progreso de las personas. Pero cuando expresó: “pobres en espíritu”, dio otra connotación, quería decir no tener nada de nosotros mismos en lo cual apoyarnos, pues cuando somos nada, es cuando el Señor puede hacer morada en nuestro corazón.

En otras palabras, reconocer nuestra pobreza espiritual es una determinación a depender de Dios el ciento por ciento. A nadie le gusta pasar por pruebas, pero detrás de cada una de ellas viene un morir a nosotros mismos y su propósito es aprender a depender del Señor y no de nosotros mismos. Al joven rico que lo estaba halagando, Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios” (Mateo 19:16).

Jesús no quiso tomar para Él ningún atributo espiritual que perteneciera a Dios. A Zaqueo, quien estaba subido en un árbol sicómoro, le dijo: “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa” (Lucas 19:5). Y tuvo que descender para que Jesús morara en su casa; esto motivó a Zaqueo a poner en orden su vida. Satanás pensó que su espíritu era tan grande como el de Dios, quiso sentarse en el mismo trono de Él y esto fue el origen de su caída (Isaías 14:13·15).

Y Pedro dijo que Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio (2 Pedro 2:4). Y luego añade: “Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos, y reservar a los injustos para ser castigados en el día del juicio” (2 Pedro 2:9).

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26 AGOSTO · HUMILDAD VS ORGULLO

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