“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”. Romanos 8:15·17)

¿Por qué nuestro Dios tuvo la idea de incluirnos en el plan de adopción?

Solo hay una respuesta: el corazón amoroso y compasivo que Él tiene para con nosotros. Aunque los únicos que por derecho propio, por ser descendientes de Abraham, ostentaban este titulo eran los judíos, la nación de Israel. Todos los demás estábamos excluidos. Sin embargo, en su infinita sabiduría el Señor abrió una brecha a través de su hijo Jesucristo, pues en él se unieron todas las profecías del antiguo testamento como aquel Mesías prometido.

No obstante, cuando Jesús vino los mismos judíos no lo reconocieron, al punto que lo menospreciaron y le dieron la espalda. Por el contrario, el Señor uso esto para abrir una puerta de esperanza para las naciones no judías, estableciendo una ley de adopción para todo aquel que crea en Jesús; otorgándonos directamente los mismos derechos que los judíos han gozado a través de toda la historia.

“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. (Juan 1:11·13)

Para legitimar la adopción Dios tuvo que darles de su Espíritu a todos los que en él creyesen. “Para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu”. (Gálatas 3:14). Y añade: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo”. (Gálatas 4:6·7)

Lo único que el Señor nos exige a cada uno de nosotros para poder ser incluidos en el plan de redención es que tengamos fe en Jesús y en su palabra, esto nos hará partícipes de la misma naturaleza de Abraham, una naturaleza establecida en la fe.

Una vez el Señor nos acepta, nos da de su Espíritu como arras de nuestra herencia. Gracias al Espíritu Santo, que ahora mora en nosotros por medio de la fe, es que podemos llamar a Dios Abba Padre; pues esta es la manera afectiva como podemos relacionarnos con Dios.

“Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17). Dios ha preparado muchas bendiciones espirituales y materiales para su vida. Si aún no las ha obtenido, es porque le falta el elemento esencial: la fe. Porque sin fe es imposible agradar a Dios.

Él tiene para darle más de lo que usted pueda pedirle. Mientras usted está pensando en las cosas pequeñas, Dios quiere darle grandes cosas. Él mismo dijo: “Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como por posesión tuya los confines de la tierra” .(Salmos 2:8)

El apóstol Santiago dijo: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. (Santiago 4:3)

El apóstol Juan dijo: “Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él”. (1 Juan 3:21·22)

Los que creemos en Jesús, podemos llamar Padre a Dios porque:

  • Nos dio vida cuando estábamos muertos. (Efesios 2:1)
  • Abrió nuestros ojos para que nos convirtiéramos de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios porque por la fe en Cristo recibimos perdón de pecados y herencia entre los santificados. (Hechos 26:18)
  • Al creer que Jesús es el Cristo; Él nos dio la potestad de ser hechos hijos de Dios. (Juan 1:12)
  • Porque estamos crucificados juntamente con Cristo y ya no vivimos más nosotros, sino que ahora Jesús vive en nosotros. (Gálatas 2:20)
  • Porque el Espíritu de Dios nos guía. (Romanos 8:14)
  • Porque Él nos hizo partícipes de la naturaleza divina. (2 Pedro 1:4)

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25 OCTUBRE · DISFRUTANDO DEL AMOR PATERNAL DE DIOS

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