24 DE JUNIO · HABITANDO EN LUGAR SEGURO

Michelle Eigemann, una joven soltera que estaba esperando un hijo, estaba destrozada durante su ecografía. Los doctores hablaban de la condición de su bebé. Decían cosas como: “Su cuello está roto”. “¿Ves este parche acá? Su vejiga va a explotar en algún momento”. “No hay líquido amniótico. Esto significa que el feto no se va a formar correctamente”. Después de la junta médica le recomendaron enfáticamente que abortara y le hicieron una prueba genética para determinar las causas de la malformación y los posibles riesgos de embarazos futuros. Se fue a su casa sin entender lo que le pasaba, a esperar los resultados.

Esa noche, hizo algo que jamás había hecho: oró. No tenía idea de lo que significaba conocer a Dios, pero había escuchado algo. Esperando que Dios la escuchara, dijo: “Dios, no sé qué quieres para mi vida, ni para la vida del bebé que está dentro de mí, pero este bebé está sufriendo, y si está muy débil para luchar, quiero entregártelo. Siempre seré la mamá, y lo amaré y extrañaré por siempre. Pero, por favor, si está sufriendo, que sea tuyo y no mío”. Apenas terminó la oración, se sintió llena de paz y supo con certeza que su bebé nacería. A los tres días regresó al hospital y le entregaron los resultados del examen genético: no había nada malo con su bebé, ella sonrió y dijo que no quería abortarlo.

Hoy en día, el niño tiene 19 años, está perfectamente sano, y Michelle es ahora una creyente fervorosa.

Pastora Claudia de Castellanos

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