24 DE ABRIL · EL FRUTO DEL AMOR

Una de las experiencias más sobrecogedoras que he tenido fue con mi hermano Jurgen. Habíamos crecido juntos en un hogar piadoso, pero él no quería seguir a Jesús. Cuando llegamos a ser adultos, él ya había planeado su vida y su carrera. Pasó el tiempo, yo no sabía que su esposa lo había dejado y que su mejor amigo había muerto de cáncer. La vida ya no tenía sentido para él. Entonces una noche tuvo un sueño. Le pareció estar caminando sobre un puente elevado cuando patinó y se sintió caer.

Se despertó empapado en sudor. Más tarde mi hermano me dijo: “Por primera vez en mi vida tuve un deseo ardiente de orar a Dios, recordando un texto bíblico que había aprendido de niño: “Invócame en el día de la angustia; te libraré”. (Salmos 50:15). Me arrodillé y dije: “Señor, tú sabes que yo ni siquiera sé si existes, pero mi hermano Reinhard es tu siervo. A través de él dame una señal de que Tú vives”. Esa noche yo estaba en el África, a 10,000 km de distancia. No sabía nada de sus problemas, ni que él estaba considerando quitarse la vida, pues había muy poca comunicación entre nosotros.

Simultáneamente Dios me dio el mismo sueño y esto me motivó a escribirle una carta, donde le conté lo que había soñado. También le rogué que recibiera a Jesucristo como su Salvador personal. Cierto día, antes de la Navidad de 1987, recibí su respuesta. Maravillosamente Jesús había salvado su alma. ¡Aleluya!

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