“Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante” (Filipenses 3:13).

Pablo vino a convertirse en un extraordinario atleta de Jesucristo y aunque había avanzado mucho en su carrera, no se detuvo para tomar un descanso o hacer una pausa en su vida ministerial, tampoco se jactó por los grandes logros que había conquistado en tan poco tiempo para el Reino de Dios. Todo lo contrario, no dejó que los halagos de los creyentes le afectaran su ritmo en la carrera. En una ocasión Pablo le abrió su corazón a los filipenses diciéndoles: “No pretendo haberlo ya alcanzado”. El apóstol no se sentía aún satisfecho con lo que había logrado, aunque en sí era consiente del tremendo respaldo que el Señor le había brindado en toda su obra misionera.

Pablo nunca pudo arrancar de su mente las palabras que el Señor le dio, el día de su conversión, cuando le señaló el tamaño que tendría su ministerio y lo comisionó hacia los gentiles diciéndole: “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados”. (Hechos 26:18).

Aunque Pablo amaba con todas sus fuerzas a la nación de Israel, él mismo hubiese preferido haber sido anatema para su pueblo, si esto directamente hubiese contribuido a la redención de su nación. Él mismo lo expresó diciendo: “Por lo cual, oh rey Agripa, no fui rebelde a la visión celestial”. (Hechos 26:19).

No había nada que pudiera detener a este promotor y reproductor de la fe. Los grandes logros para Pablo, simplemente pasaban a ser historia, era como si dentro de él hubiera un fuego que lo impulsaba continuamente a seguir avanzando. Que la vida de Pablo sea un inspiración para su propia vida.

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23 NOVIEMBRE · PREPARADOS PARA EL CAMBIO

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