Dios es un Dios de pactos. Lo primero que Él hizo cuando estableció al hombre en el huerto del Edén fue advertirle que su estabilidad dependía de la obediencia a Su palabra. Ingenuamente, la primera pareja cayó en la trampa del enemigo y su naturaleza fue alterada por completo; su sangre se contaminó y toda su naturaleza se corrompió. El pecado los sacó del paraíso, los apartó de Dios y los condujo por una senda de opresión esclavitud, enfermad y tristeza.

Pablo describió su situación diciendo: “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:21·25).

El Apóstol adquirió conciencia de su naturaleza rebelde y pecaminosa, comprendió que en sus propias fuerzas sería imposible regenerarse; Pero sus ojos espirituales fueron abiertos para recibir la revelación de que sólo a través de Jesucristo esto sería posible.

En su carta a los Efesios agregó: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efesios 2:1·5).

Sólo hay un camino para que el rebelde se convierta en una persona recta, y es a través de Su sacrificio. La gracia de Dios va más allá de lo que imaginamos, pues Jesús decidió tomar nuestro lugar y pagar por nuestros delitos. Por medio de la sangre que Él derramó, nos reconcilió con Dios. En la última cena, Jesús “… tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:19·20). Estas fueron las palabras pronunciadas por Jesús horas antes de comenzar Su agonía. La copa representa Su Sangre derramada. El lugar más íntimo del Padre Celestial se conoce como el Lugar Santísimo. Cuando Jesús murió, lo primero que hizo fue entrar al Lugar Santísimo con Su Sangre.

El Padre se sentía satisfecho por el éxito de la misión de Su Hijo quien, al mantenerse en santidad, preservó la pureza en su ADN (Hebreos 9:12). Fue Jesús quien abrió el camino para que muchos entremos a la Presencia del Padre. “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo” (Hebreos 10:19).

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23 JULIO · NUESTRA GRATITUD

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