22 DE DICIEMBRE · DISFRUTANDO DE LA PROVISIÓN DE DIOS

Había un pobre zapatero del siglo diecisiete que tenía más hijos de los que podía mantener. Con todo, su fecunda esposa volvió a dar a luz, así que él decidió dejar al recién nacido a la entrada de la casa de huérfanos de Lima. La encargada del orfanato puso en marcha un plan para descubrir al individuo que, al amparo de las sombras, había llevado a tantos pequeños huéspedes al orfanato. Fue así que, tan pronto como el zapatero se acercó a la puerta, cuatro fornidos vigilantes le cayeron encima sin percatarse que había también otra desdichada madre que hacía lo mismo en aquella entrada.

Al desafortunado padre lo llevaron ante la encargada, quien le expresó su molestia, pues a su juicio traía niños de dos en dos, y que, si no se llevaba los que traía esa noche, iba a acusarlo ante el gobierno por fabricar tantos muchachos. “Pero, señora” —dijo tembloroso, “sólo uno es mío; quédese usted con el otro”. —¡Largo de aquí, y llévese su par de pequeños! —le gritó la mujer. El zapatero no tuvo más remedio que regresar a su casa cabizbajo con un bulto de más, pero su desconsolada esposa lo animó con estas palabras: “Dios, que lo ha dispuesto así, te dará fuerzas para buscar dos panes más”. Cuál no sería su sorpresa cuando, después de acariciar y desnudar al extraño bebé, se dio cuenta de que llevaba puesto un cinturón que contenía cien onzas de oro y una nota que decía: «Se llama Carlitos.

Ese dinero es para que no resulte una carga el criarlo. Sus padres esperan en Dios poder reclamarlo algún día». Así fue como en el momento menos pensado el zapatero dejó de ser pobre. Invirtió bien el dinero y prosperó como nunca lo había imaginado.

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