El éxito equivale a metas conquistadas, sueños realizados, obstáculos vencidos y triunfos aclamados. Tanto el joven como el adulto, y hasta el niño, anhelan el éxito. Ni el rechazo, ni la adversidad, ni la oposición familiar, ni la crisis social, ni la presión económica son obstáculos para alcanzarlo.

Debemos entender que la felicidad fluye de adentro hacia afuera y, por lo tanto, tiene que ver con nuestra vida espiritual, reflejándose luego en las demás áreas de la existencia, el área física, familiar, ministerial, empresarial, financiera, etcétera. Esta felicidad será siempre el resultado de permitir que el Espíritu Santo sea quien tome control de nuestras vidas.

Cuando alguien procura ser feliz sin Dios, sólo alcanzará el placer, y éste pasa a ser como un vaso de agua frente al manantial inagotable de agua viva que se halla en la felicidad eterna dada por el Señor. “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Juan 4:10).

Jesús es el único que puede proporcionar a cada uno de Sus hijos el agua viva de la felicidad. Para el Apóstol Pablo, la vida estaba en conocer de una manera personal a Jesucristo. “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8).

Aunque este heraldo de la fe había logrado saborear el éxito más extraordinario que el mundo de entonces podía otorgar a alguien, no obstante, después de haber conocido a Jesús de manera personal, todo lo demás perdió su encanto porque ya no concebía la felicidad fuera de Jesucristo.

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21 JUNIO · LA FELICIDAD ESTÁ A SU ALCANCE

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