21 DE OCTUBRE · FORTALECIDOS EN DIOS

Fueron veintisiete horas de angustia. Veintisiete horas agarrado a una boya en las frías aguas del Atlántico norte. Durante veintisiete horas Robert Curtis, un pescador de Maine, fue cortando con sus dedos y sus dientes trozos de sus botas de goma. Esos trozos los fue quemando, a razón de uno cada dos horas, con su pequeño encendedor de butano. Así pudo mantener un poco el calor. Fueron veintisiete horas en que se aferró a una última esperanza, la de ser visto por un guardacostas, y en que se mantuvo orando sin cesar.

«Sin mi encendedor y sin la oración —manifestó Robert— nunca hubiera sobrevivido.»

Un pescador ve hundirse su pequeña barca en las frías aguas del océano. El hombre nada desesperadamente hasta una boya cercana. Con esos magros elementos salvará su vida. Pero también tiene un recurso intangible, algo que es ánimo y fuerza y apoyo: tiene fe en Dios y tiene el recurso de la oración.

Lo mismo podría decirse de la vida personal o de cualquier otra situación humana. El fuego del amor y el fuego de la fe, más la oración a Cristo, y las tormentas pasan, los peligros aminoran y el naufragio y la derrota se alejan.

Cristo está siempre a nuestro lado, invisible pero soberano y poderoso. Podemos clamar a Él en todo momento, en toda circunstancia. Cristo siempre salva, y lo hace oportunamente. Ya sea nuestro matrimonio o nuestra familia, o seamos nosotros mismos los que lo necesitamos, Cristo siempre salva.

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