21 DE NOVIEMBRE · SIENDO ACEPTADOS

A la edad de tres años mis papás se separaron y mi padre se marchó de casa, lo cual me llevó a vivir una vida triste y vacía. Pero en un Encuentro tuve una visión donde volví a revivir aquella historia. Cuando mi padre abandonaba la casa yo me abracé a sus pies para impedírselo, pero él, con gestos bruscos, me separó y prosiguió su camino. Aunque corrí tras él no logré alcanzarlo. Regresé a casa y me senté en la acera llorando amargamente hasta que llegó la oscuridad de la noche. Desde ese momento mi vida fue oscura, sin luz y sin vida.

Esta fue la visión que tuve en el Encuentro, pero Dios es experto en cambiar historias, pues, en el momento que yo salí detrás de mi padre para alcanzarlo, una mano grande, suave y dulce me cogió la mano y me detuvo, preguntándome: “¿Lo Amas?”. “Sí, es mi papá y lo amo” contesté. “Déjalo ir”… me dijo, “¿Déjalo ir, déjalo ser feliz?” Entonces comprendí que estaba llena de odio, rencor y dolor hacia mi padre y que esto no nos dejaba ser felices a ninguno. En ese momento entendí que Dios me estaba llenando de Su amor para que viniera el poder del perdón.

Lo más especial de esa experiencia fue cuando me dijo: “Yo soy tu Padre, nunca más volverás a estar sola, pues donde quiera que vayas contigo iré”. Desde ese encuentro personal con el Señor, mi vida está llena de luz, suavidad, dulzura, amor y perdón.

Testimonio Liz Daza – Barcelona

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