21 DE AGOSTO · HABLAR CON DIOS

Helen Roseveare era una doctora misionera que pasó veinte años en el Congo colaborando en una clínica. Un día una mujer murió en el parto, dejando a un bebé prematuro y una niñita de dos años. La clínica no tenía incubadora ni electricidad y debían mantener caliente al bebé. Pidió a una partera que buscara una bolsa de agua caliente pero ella regresó con malas noticias: la bolsa se había reventado cuando la estaba llenando y era la última que tenían. No era fácil encontrar una solución, se hallaban en el corazón de la jungla. Al día siguiente, orando con los demás niños, Ruth, una pequeña de diez años, decidió llevarle el problema a Jesús. “Por favor, Dios, envíanos la bolsa esta tarde. Mañana ya no hará falta, porque el bebé habrá muerto. Y ya que te ocuparás de eso, ¿podrías enviar también una muñeca para la hermanita, para que sepa lo mucho que la amas?”.

La doctora se sorprendió. Después de cuatro años, nunca había recibido ningún paquete. Y aun si llegaba, ¿quién enviaría una bolsa de agua caliente? Alguien lo hizo. Aquella tarde recibieron un paquete que pesaba veintidós libras. Mientras llamaba a los niños, las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos. ¿Sería posible? Rompieron la envoltura y encontraron vendajes, suéteres, frutas secas y una bolsa de agua caliente nueva. Y en el fondo, una muñeca para la hermanita del bebé. La caja había sido enviada hace cinco meses. El Señor había escuchado la oración antes de siquiera haber sido elevada.

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