“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. (2 Corintios 3:18)

Debemos entender que cuando Dios creó al hombre lo hizo a su imagen y semejanza, Dios fue tan cuidadoso en la creación del hombre que no hizo nada improvisado, sin duda alguna planeó cada detalle. Le tomó seis días el crear la atmósfera en que el hombre iba a vivir y fue muy precavido en cada aspecto, no quería que al hombre le faltara ningún bien; por último se entregó totalmente a crear al hombre, como se afirma en la palabra: fue hecho el hombre a la imagen y semejanza de Dios.

El Señor no se lanzó a hacer algo que lo desvinculara de él, dijo: «Quiero hacer algo que se conecte a mí con todo lo que voy a hacer, con mi creación». El hombre vino a ser la imagen terrenal de Dios, pues el Señor no creó a alguien inferior a Él, sino a alguien que tuviese su misma naturaleza y le representara dignamente en la Tierra.

Por ejemplo los ángeles son seres que solamente tienen espíritu, de igual manera están al servicio de Dios. La Biblia describe que el Señor hizo a sus ángeles ministros, llamas de fuego y que a ninguno de ellos jamás lo llamó su hijo; partiendo de este punto, Dios se determinó el gran desafío de hacer del barro de la tierra a alguien que fuera de su mismo nivel, su hijo.

Después de la caída del hombre, la imagen que este tenía de Dios se desdibujó, sin embargo, Dios estableció un medio para que la imagen de este fuese restaurada como al principio, valor que se recuperó por medio del sacrificio de Jesús en la cruz del calvario, donde llevó sobre su cuerpo todas nuestras debilidades, pecados, maldiciones y todo aquello que nos había dominado; todo absolutamente todo lo deshizo allí. Canceló los argumentos que habían en nuestra contra y nos redimió de la maldición de la ley; también despojó a los principados y potestades exhibiéndolos públicamente al triunfar sobre ellos en la cruz.

Solo a través de la fe en Él, es que podemos recibir una nueva naturaleza, donde la imagen de Dios es automáticamente restaurada en nuestras vidas. Ahora con esta nueva naturaleza podemos contemplar la gloria de Dios y en la medida que nos veamos en el espejo de su palabra, llevándonos a adquirir la misma imagen de Él, la cual se consolidará por medio del Espíritu Santo.

El apóstol Pablo dijo que fuimos aceptos en el amado. Debemos entender que Dios nos aceptó en Jesús; Dios nos recibe como somos, no importa ni la estatura, ni el color de piel, ni el nivel sociocultural, porque él no hace acepción de personas.

Todos somos el resultado de la visión de Dios. De un modo diligente, Él pensó hasta el más mínimo detalle respecto al ser humano, luego se dio a la tarea de desarrollar Su visión y no descansó hasta ver culminada Su obra. A esto San Pablo hace referencia al decir: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

De antemano Dios vio el cuadro total; la creación, la relación del hombre con Él, su desobediencia, la separación a causa del pecado y el precio de la redención. Somos el resultado de lo que el Señor hizo por nosotros.

Dios no nos salvó para que continuemos en la esclavitud del pecado, sino para que caminemos en Su voluntad revelada a través de Su Palabra. Quiere que nos convirtamos en canales de bendición para otros. Por causa de la redención ahora somos seres humanos dotados de cualidades y fuentes inagotables que están en nuestro espíritu.

Un ciego puede tener todas las instrucciones para ir de un lugar a otro, pero en el camino siempre hallará dificultades que solo podrán obviarse si tiene el sentido de la vista.

De igual modo, aunque usted tenga muy en claro cada uno de los pasos que debe dar para cumplir el propósito divino, es necesario que sus ojos espirituales sean abiertos.

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20 OCTUBRE · ILUMINANDO NUESTRO DESTINO

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